Vivimos un periodo
crítico en que las crisis golpean fuertemente en todas las gestiones de la
realidad humana, produciendo un estado de desconcierto, especialmente por los
niveles de fragilidad en que se encuentran todos los sistemas que antaño se
veían sólidos e incuestionables.
Hoy todo está desacreditado
y fuertes críticas se vierten sobre los sistemas. Los organismos financieros,
la banca, la política, la salud, la empresa, la educación, la sociedad en su
conjunto y dentro de ella el ser humano está resquebrajándose.
En la mira de todo está
el ser humano. Pero, debemos preguntarnos qué es lo que está en tela de juicio,
qué acciones son las que ha llevado a las personas a este estado de cosas. Conductas
egoístas, acciones torpes han ganado en forma desmedida un espacio en nuestra
sociedad, sembrando la desconfianza, la incredulidad y los abusos desmedidos
entre los ciudadanos. Estas características son propias del obeso espiritual,
aquella persona que adquiere conocimientos, información y se harta de datos sin
estar dispuesto a poner en práctica lo más mínimo y de sentido común.
Hemos perdido la fe en
las personas y aparece la desconfianza de los unos contra los otros, anidando
en nuestro medio los miedos, pánicos paralizantes y aislamientos que llevan a
encerrarse a cada uno en sus propios sufrimientos y agonías. Hemos atrapado e
instaurado el gobierno de la miedocracia en el que la descalificación de los
unos a los otros generan una sociedad sombría que para un ser gregario
significa una realidad catastrófica.
Revertir este triste
panorama es propio de los seres que se ejercitan en los valores que han dado
luz a la humanidad, tarea que puede ser abordada por el Atleta Espiritual. Este
ser está emergiendo por una necesidad del destino, habita en el fondo del corazón
noble que quiere ver surgir un mundo bello, justo, armónico, fraterno,
solidario, amoroso, en paz, voluntarioso y tenaz. Un ser diligente que no puede
seguir esperando más porque el tiempo se agotó. Sólo queda el espacio para
caminar sin demoras en la senda única que hacen los seres sabios e
incorruptibles, capaces de revivir lo mil veces enseñado por las grandes almas.
Sólo se necesita el
primer paso para ponerse en marcha, sólo un acto de voluntad para sumar en esta
monumental labor de desplazar al obeso desidioso y comenzar a formar parte de
unas miríadas de almas capaces de levantar sus conciencias hacia las regiones de
los nuevos paradigmas, para sentirse parte de un grupo de soñadores que podrán
vivir en consecuencia con los más nobles propósitos humanos y divinos
